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A la guerra como al teatro
Pere Maruny, desde Jerusalén
La guerra que Israel decidió lanzar desde hace más de una semana contra el grupo fundamentalista islámico Hamás en la franja de Gaza se vive de manera muy dispar en ambos lados de la frontera. Al sur de Israel, en el linde con el terruño costero palestino, la vida apenas ha cambiado nada de como era, pongamos, tres semanas atrás. Hay más soldados, más movimiento de todo tipo de vehículos militares, y el tronar de los cazas F-16 y el ronroneo de los helicópteros Apache cubren el cielo. Pero, por lo demás, como dice la canción, la vida sigue igual.
Lo que pueda haber cambiado es más fruto del intento de justificar la guerra que como consecuencia de ésta. Y es que nada es diferente para un ciudadano de Sderot, acostumbrado a ver cómo los cohetes Qassam de fabricación casera le llueven desde la franja durante los últimos ocho años. Hasta diez mil de estos proyectiles han llegado a Israel, dejando un balance de 24 personas muertas.
En ciudades más alejadas de Gaza, como Ashdod o Ber Sheva, sí que algo ha cambiado. Por primera vez han sido alcanzadas por el fuego palestino, ya que los cohetes Grad de fabricación rusa tienen mayor alcance que los hechos artesanalmente en Gaza. Pero se sabe que los islamistas tienen pocos, así que la gente sigue acudiendo tranquila a los centros comerciales.
La población de Israel, y la del sur especialmente, apoya mayoritariamente la ofensiva israelí contra Hamás. Para estos últimos es comprensible: a nadie le gusta tener que correr cada día unas cuantas veces a un refugio. Pero para el resto del país, que no tiene necesidad de refugiarse, esta guerra se ha tenido que vender un poco aliñada. También para el resto del mundo, y para ello nada mejor que un ejército de periodistas enviados especiales.
Israel ha planificado minuciosamente esta guerra en dos frentes: el militar, para conseguir una victoria que haga olvidar el bochorno de la última guerra en Líbano, y el de la información, tanto más vital para conseguir, en el exterior, el apoyo solidario que justifique sus actos, y en el frente interno, quién sabe si dar un vuelco a las encuestas electorales previas a las elecciones generales del mes de febrero.
Así que cuando un periodista llega para cubrir la guerra en Gaza, se le lleva al sur de Israel. La franja está cerrada a la prensa, y únicamente los periodistas palestinos pueden contarnos qué pasa. Para el extranjero se le tienen preparadas otras actividades. En Sderot hay dos centros de prensa; siempre hay portavoces disponibles para dar la versión oficial de los hechos y, si se quiere, se pueden hacer tours organizados en un coche patrulla para saber lo que se siente paseando por tan peligrosas calles. Pero el plato estrella está por llegar. Los periodistas tenemos asientos de primera fila en las colinas que dan a Gaza. Desde allí asistimos a los bombardeos, ¡oh, la guerra!, lo suficientemente cerca para sentir su aliento; lo suficientemente lejos para no ver los daños.
Como si fuéramos al teatro.