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El “síndrome de Líbano” se apodera del norte de Israel
Pere Maruny , desde Jerusalén
Ayer por la mañana las alarmas antiaéreas volvieron a sonar en Kiryat Shmoná, al norte de Israel. Tres coehetes Katiusha habían sido lanzados desde el sur de Líbano. Segundos después, se oía una explosión a las afueras de la ciudad. Todo terminó ahí. Menos el miedo. El segundo ataque procedente de Líbano contra el norte de Israel en menos de una semana, despertó los temores de una población duramente castigada durante la última guerra entre el ejército hebreo, el poderoso Tsahal, y las milicias chiíes de Hezbolah de hace dos años.
Al saberse el desmentido de Hezbolah, que negó, como ya hiciera hace cinco días, ser el autor de los disparos, mucha gente de las poblaciones del norte de Israel soltó un resoplido de alivio. Y es que Hezbolah tiene fama de no mentir, y cuando realiza una acción, siempre la reivindica. Los vecinos de Kiryat Shmoná, al igual que los habitantes de Nahariya cinco días antes, confían que este ataque sólo haya sido un hecho aislado.
Pero hay una creciente preocupación en Israel sobre la posibilidad de que se abra un segundo frente de guerra al norte del país. Pese a la aplastante superioridad militar del estado hebreo con respecto a todos sus vecinos, Líbano trae malos recuerdos al Tsahal. La guerra del 2006 contra Hezbolah es considerada como un desastre por la mayoría de israelíes, y hay quien ve tras la guerra de Gaza un desquite del ejército para hacer olvidar aquella fallida campaña. Eso sí, contra un enemigo mucho más débil y limitado como es Hamás.
En Nahariya, una ciudad costera a diez quilómetros de la frontera con Líbano, viven un buen grupo de inmigrantes argentinos. Alicia Hecht nos recibe en su departamento. Nos cuenta que uno de sus hijos quiere que ella y su marido Jorge se marchen de la ciudad, por temor a que los cohetes empiecen a caer con frecuencia. Alicia es guerrera. Cuenta que sus hijos llegaron a Israel antes que ellos, “por sionismo”. Después llegaron los nietos y también los abuelos se mudaron a Israel.
“Nosotros no queremos la guerra, porque no es beneficiosa para nadie, pero es una provocación que viene de hace muchísimo tiempo hacia nuestra población”. Alicia habla de Sderot, y repite las mismas consignas que se oyen estos días por todos los rincones de Israel y en boca de todo el mundo. Habla de la situación intolerable que vive la población del sur. Y de lo malvados que son los hombres de Hamás. Lo resume con una cita de Golda Meyer, ex primera ministra israelí: “El día que ellos empiecen a querer a sus hijos tanto como nos odian a nosotros, se terminará la guerra”. Se trata, ante todo, de deshumanizar al enemigo, quizás para no sentir remordimientos.
Miguel Berhman, retirado de 82 años, llegó hace seis de Rosario. “Yo vivía más o menos bien allá, hasta que llegó el corralito”, cuenta Miguel. “Acá me acogieron y, pese a no haber cotizado nunca en este país, me dieron una pensión, así que le estoy muy agradecido a Israel”. “Todos tenemos refugios en casa”, prosigue Miguel, “pero esta situación es muy complicada. Nosotros no estamos contra los palestinos, sino contra quienes nos tiran cohetes. No sé por qué nos odian tanto”. Pero Miguel, cuya gratitud al país de acogida aún no le ha sepultado la capacidad de pensar por sí mismo, apunta a una respuesta: “Los palestinos no deberían vivir en las condiciones de pobreza y miseria en la que viven”.