EditRegion11
fotoyperiodismo.com










 

photo&journalism

 

Últimas batallas de siempre

Pere Maruny / 14.04.04.

Mientras la atención mundial vuelve a centrarse en la recrudecida guerra en Irak, parece que el conflicto israelo-palestino ha entrado en un punto muerto. Las noticias que tratan de esta otra guerra sitúan el polo de atención en Washington, donde el primer ministro israelí pretende obtener la bendición a sus planes unilaterales. De obtenerla, esto significaría en la práctica la negación del conflicto, al anular de facto  a una de las partes.

Sin que haya llegado hasta la fecha la temida venganza por el asesinato del líder espiritual de Hamas, el jeque Ahmed Yassin, en el Próximo Oriente no ocurre nada. Tan sólo es preciso darse una vuelta por los territorios ocupados para comprobar esta observación mediática. En la ciudad de Hebron, situada a cuarenta kilómetros al sur de Jerusalén, la situación es de absoluta normalidad. La furgoneta que realiza el trayecto va parando en todos los retenes militares que hay en la calzada; los viajeros muestran una y otra vez su documentación a los soldados, quienes una y otra vez copian los nombres en portafolios interminables. Llegados al centro de la ciudad, reina la calma bulliciosa del mercado en un día cualquiera, los miles de taxis siguen circulando por entre todos y todo, y el atasco, los bocinazos, las imprecaciones y el dióxido de carbono que emana de los tubos de escape continúan su quehacer natural, ajenos a cuanto ocurre en Bagdad o Washington. Perderse por el interior de este mercado un día cualquiera puede llevar, a quien no lo conozca, a situarse en el ojo de un huracán del que ni siquiera se ha percatado que tenía encima, pues la naturaleza climática de Hebron establece que será noticia el día que las nubes en forma de espiral  desaparezcan de la ciudad asediada.

Como en todo ojo de huracán, en el centro reina la más absoluta calma. Esto es, acabamos de dejar atrás el gran zoco árabe y, de pronto, nos encontramos en una calle vacía, sin ruido, con las puertas de todos los comercios cerradas, en tierra de nadie. Sin que se desvanezca esta imagen de ciudad fantasma, a la vuelta de una esquina aparecen los guardianes de los nuevos inquilinos del barrio viejo. Cuatro de los cuatro mil soldados emplazados en Hebron para proteger a los cuatrocientos colonos que habitan en su centro histórico avanzan en posición de combate, cubriéndose mutuamente los flancos. La Ciudad Vieja de Hebron conserva todo el encanto de las antiguas poblaciones árabes, ideada para mantener la frescura en los asfixiantes días de verano y albergar un ambiente recogido a la vez que bullicioso de lo que debería ser un mercado. Sin embargo, hoy los estrechos callejones abovedados retornan el eco de los pocos pasos que se adentran en ellos, síntoma inequívoco de que la vida, aquí, ha pasado de largo. Para encontrar una respuesta al por qué, hay que levantar la vista. Los pisos superiores que dan a estas calles están tomadas por colonos, y los de Hebron se cuentan entre los más radicales de cuantos pueblan la geografía palestina. Los callejones que no están cubiertos son el blanco de las bolsas de basura y demás desperdicios que los colonos lanzan desde las ventanas a sus vecinos árabes, que para desgracia  de los colonos aun no han decidido abandonar los inmuebles que dan a la calle. Para protegerse, los palestinos han tenido que colocar rejas metálicas encima de sus cabezas, por lo que más bien parece que estén viviendo en una jaula.

Llegamos a la gran mezquita de Abraham. Este templo sagrado para los musulmanes se encuentra dividido desde que hace diez años un colono entró armado y asesinó a sangre fría a veintinueve fieles, que se encontraban rezando, e hirió a un centenar más antes de ser muerto a golpes de extintor. Los colonos decidieron levantar un monumento al caído en combate , y nueve meses más tarde se apoderaron de una parte del templo, reconvertido ahora en sinagoga muy visitada por los feligreses judíos. Precisamente en el momento que llegamos hay un autobús de lujo que ha transportado a un grupo de ellos hasta el lugar. Quizás conscientes de que se encuentran en el centro de una ciudad musulmana de doscientos mil habitantes, la práctica totalidad de los hombres van armados. Sin embargo, la medida parece superflua, pues para protegerles ya hay un elevadísimo número de soldados, mucho mejor equipados.

Estos mismos soldados nos impiden el paso al vecindario colono. Puede que sea comprensible. El barrio viejo de Hebron es una zona de guerra continua, con la particularidad de que aquí ya sólo hay un bando; el otro ha sido expulsado. El precio a pagar, a cambio, es vivir entre alambradas, puestos fortificados, torres de vigilancia y armas, muchas armas. Un sitio ideal para ir a vivir en familia, tener muchos hijos y educarlos de manera sana y racional.

Bidu, primera hora de la mañana. Este pequeño pueblo campesino lleva más de una semana siendo el escenario diario de una dura batalla por la dignidad de sus habitantes. En sus terrenos se están llevando a cabo las obras para aplanar el terreno para la construcción del muro de separación israelí. A las nueve de la mañana, el frente de combate abarca un semicírculo de un kilómetro de largo. La batalla tiene lugar entre los campos de olivos, pero a ningún campesino le molesta que los chavales del pueblo los pisoteen para encararse a los soldados. Como siempre en estas tierras, el enfrentamiento es del todo desigual. Las ondas construidas con un pedazo de cuerda roída y un parche de tela gastada que usan los hijos de los campesinos, lanzan con fuerza las piedras en dirección a los soldados, que responden con sus armas. Detrás de estos, indiferente a todo, la maquinaria pesada continúa imperturbable su trabajo. Son muchas las que están trabajando a destajo. Se trata, una vez más, de aplicar la política de los hechos consumados. Como cada día, los heridos por balas de goma o intoxicados por los gases que lanza el ejército israelí se cuentan por decenas, lo que no amilana a los lugareños, quienes incluso consiguen que las máquinas tengan que detener momentáneamente su trabajo. Las horas pasan y el frente cambia de posición. Los palestinos han trasladado la batalla al interior del pueblo, entre las casas, lo que propicia que sean los francotiradores quienes se encarguen de dispersarlos. Parapetados en edificios en construcción, los soldados impiden una y otra vez que los jóvenes lleguen hasta las máquinas. Son las doce y media. El almuecín llama a la oración desde los altavoces situados en lo alto del minarete de la mezquita de Bidu. Es hora de rezar, fin de la batalla. Mañana tendrá lugar un nuevo asalto.

De la visita del primer ministro israelí a Washington y de la respuesta de George W. Bush dependerán muchas de las futuras batallas en la región, batallas que no cesan por el hecho de que las cámaras no las estén enfocando. Del mismo modo, tampoco debería perderse de vista las peleas (pues en ellas no se derramará tanta sangre) que se producen en el seno de la sociedad israelí, pues también  de su resultado dependerá que, en un futuro, Israel pueda llamarse con propiedad un país laico con principios racionales, o se adentre en la senda integrista por la que hasta ahora sigue navegando. Harán falta muchos ojos para ver lo que pasa. 

 

contacto@fotoyperiodismo.com